La necesidad de un debate ideológico. ( Gabriel Boric F.)

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9 enero 2018
Ayer en una entrevista dije que el Frente Amplio debía tener un proceso de debate equivalente al que tuvieron las distintas corrientes del socialismo chileno desde comienzos de los ’80 en lo que se conoció como “la renovación socialista”, y que la izquierda del Siglo XXI tenía que despercudirse del estatismo como pilar de nuestra forma de ver el mundo. Además afirmé que para que un debate de estas características fuera posible era necesario salir de las lógicas sobreideologizadas de espacios como el CONFECh.
Estas declaraciones fueron replicadas por otros medios y dieron pie a una polémica en la que desde algunos sectores se me acusó pretender emular las conclusiones (y consecuencias) de la renovación socialista de los ’80. Esto como es clásico de los “debates” de redes sociales, acompañado de todo tipo de adjetivos y suposición de intenciones.
Quienes cumplimos roles públicos tenemos el deber de argumentar nuestras posiciones, presentarlas y desarrollarlas, para que enfrentadas al debate público, estas puedan desplegarse o hundirse, según corresponda a su propio peso. Lo importante es que este debate se dé sin caricaturas, haciéndose cargo de las críticas que sean de buena fe. En ese sentido estas líneas tienen como objetivo defender la necesidad de un debate ideológico al interior del Frente Amplio que sea capaz de cuestionar los dogmas del pasado en cuanto dogmas, abordando los desafíos que presenta el nuevo escenario político nacional y global. En un próximo texto abordaré algunos de los contenidos que creo debiera tener ese debate, y en particular por qué creo necesario “desestatizar” nuestra visión de mundo, sin que ello implique una renuncia ante la pretensión de omnipotencia del mercado.
En primer lugar parto por reconocer que mi referencia al CONFECh fue desafortunada. Lo fue porque la interpretación obvia que se desprende de mis palabras es una “quitada de piso” al movimiento estudiantil, lo que está muy lejos de ser mi intención. El movimiento estudiantil ha sido uno de los pilares de las luchas sociales de los últimos años en Chile, cambiando el eje del debate público, evidenciando las contradicciones y falencias del modelo chileno centrado en la expansión del negocio privado al alero del Estado y en convertir lo que debieran ser derechos en bienes de consumo, y proponiendo alternativas para superarlo. Desarrollar aquí la importancia del movimiento estudiantil sería largo y no es el motivo de este texto, pero quienes nos formamos al calor de sus luchas desde el 2001 hasta hoy, no podemos sino apoyarlo en sus desafíos actuales.
Mi referencia a la sobre ideologización del CONFECh decía relación con que el carácter del debate y la correlación de fuerzas que existe al interior del mundo político universitario ha estado desgraciadamente muy ajeno a la realidad nacional en los últimos años. No existe una derecha seriamente organizada (tampoco lo que se conoce como “centro”), el archipiélago de las diferentes organizaciones de izquierda es incomprensible incluso para los propios estudiantes y la incapacidad endémica de enfrentar la violencia antidemocrática de pequeños grupos con pretensiones de vanguardia que por lo general se esconden en un cómodo anonimato (pero que perjudican a todo el movimiento e incluso a trabajadores/as), desde mi punto de vista ha contribuido a “emburbujar” y aislar al movimiento estudiantil.
Desde otra perspectiva esta crítica también puede ser pertinente para el mismo Congreso de la República. Una institución compuesta mayoritariamente por hombres (más del 80% en este período, y más del 75% en el que viene), que en su mayoría tienen Isapre, se atienden en clínicas privadas, ahorran mediante apv, tienen a sus hijos en colegios particulares pagados (7% del total de la matrícula) y vacacionan en los mismos lugares, no es precisamente representativo de la diversidad de la sociedad chilena.
Mi punto es que para dar un debate profundo no podemos ni caer el movimientismo atribuyéndole a los movimientos sociales una suerte de aura inmaculada que no se puede cuestionar, ni tampoco marearnos con instituciones como el Parlamento, reduciendo la política a su expresión institucional (la triste polémica por la presidencia de la Cámara es una buena advertencia de esto).
Dicho lo anterior paso a explicar mi referencia al proceso de renovación socialista.
En mi opinión desde el Frente Amplio, en particular quienes nos entendemos parte de la ancha tradición de la izquierda chilena, necesitamos un proceso de debate profundo (que puede durar incluso años), que permita darnos un marco ideológico común que dé coherencia a nuestro actuar y que sea acorde a los tiempos que nos toca vivir. Actualmente en el FA conviven distintas organizaciones, muchas de las cuales comparten lineamientos políticos pero que se encuentran dispersas producto de diferentes circunstancias, ya sea de identidad o lugar y momento de origen. Sin embargo en Chile no cabe tanta sigla para decir prácticamente lo mismo (¿alguien fuera del Frente Amplio podría señalar las diferencias por ejemplo entre el Movimiento Autonomista, Nueva Democracia, Izquierda Libertaria y Socialismo y Libertad?).
La conformación del Frente Amplio fue un primer paso para contribuir a la representación política del malestar que se había estado incubando en el modelo de desarrollo chileno con todas sus contradicciones. Durante la campaña presidencial Beatriz Sánchez encabezó la gran tarea de convertir ese malestar en esperanza, y fueron cientos los frenteamplistas que se volcaron a construir un programa político que diera sustento a esta candidatura, recogiendo en muchas áreas demandas elaboradas desde los movimientos sociales producto de años de trabajo, luchas y debates. Pero el Frente Amplio aun no termina de cuajar.
La preocupación que quiero plantear es que si no tenemos un debate de carácter ideológico profundo que nos dote de una lectura y marco común de acción, corremos el riesgo por un lado de ser un ente meramente reactivo, que se oponga a las iniciativas de otros pero sin capacidad de proponer nada en positivo más allá de generalidades, y por otro en convertirnos en unos bien-intencionados elaboradores de políticas públicas sectoriales sin coherencia entre ellas que dependan mucho de los técnicos y liderazgos de turno.
Para poder hacer esto necesitamos hacernos muchas preguntas, cuyas respuestas van a requerir por cierto estudio y formación, pero también imaginación y audacia.
¿Qué significa ser de izquierda en Chile hoy? ¿Cuáles son nuestros principios compartidos? ¿Cuál es el valor que otorgamos a la democracia? ¿Y a los derechos humanos? ¿Que evaluación tenemos de los gobiernos de la Concertación (incluido el primero de Piñera) y el de la Nueva Mayoría? ¿Cómo enfrentaremos la inevitable y permanente revolución tecnológica? ¿Cómo entendemos la integración regional y mundial? ¿Cuánta soberanía tienen hoy realmente los Estados-nación? ¿Cómo enfrentamos positivamente los procesos migratorios? ¿Cuál es el valor del trabajo y cómo redistribuimos la riqueza que entre todos generamos? ¿Podemos subordinar al gran capital? ¿En qué consiste un gobierno feminista? ¿Qué actitud y rol le cabe a los hombres en éste? ¿Cuál es el papel de la cultura en la sociedad y dónde se crea? ¿Cómo equilibramos desarrollo, igualdad y sustentabilidad del medio ambiente? ¿Cómo se descentraliza el poder? ¿Cómo se relaciona lo público con lo privado y cuál es el rol del Estado en la economía? ¿Qué es modernizar el Estado en serio? ¿Cómo fomentamos la innovación tecnológica? ¿Están nuestros liceos y universidades educando para el siglo XXI? ¿Qué tipo de organización necesitamos para los tiempos actuales? ¿Cómo se fomenta la participación en los debates públicos? ¿Cómo abordamos el envejecimiento de la población? ¿Se puede manipular genéticamente la vida? ¿Y postergar eternamente la muerte? ¿Qué posición tenemos ante el desarrollo de la inteligencia artificial?
Y así tantas preguntas que no tienen respuestas obvias ni fáciles, para las que no basta repetir lo que diga el último autor de moda o algún clásico.
En la izquierda existe una tendencia a sacralizar las posiciones, volviéndolas incuestionables y calificando de traidor a todo quien se salga del axioma. Yo quiero reivindicar el valor de la duda. De dudar de uno mismo y las convicciones propias, sin por ello dejar de defender con pasión las ideas que consideramos correctas. Dudar no es renunciar, sino más bien el ejercicio básico de todos quienes creemos que parte de la esencia de ser de izquierda es la rebeldía. Sin dudas no hay rebeldía, solo dogmas y sacerdotes.
Creo que el proceso de renovación socialista de los ’80 tuvo mucho de esto (y por eso la referencia en la mentada entrevista). No me siento identificado con sus conclusiones (más bien con sus consecuencias) porque en mi opinión terminó concediendo que no existía otro Chile posible que el que legaba la dictadura, resignándose a administrarlo y corregir sus excesos sin cuestionar su esencia de injusticia y desigualdad. No me siento interpretado por la tercera vía porque hizo de esferas que debieran ser públicas objeto de negocios, y contribuyó a la concentración de la riqueza y el poder en unos pocos. Pero pese a no compartir sus consecuencias si valoro el haber tenido la valentía de cuando las viejas verdades se derrumbaban, asumir la desnudez y sentarse a pensar de nuevo. Sospecho que la mayoría de quienes participaron de esos debates en los ’80 reivindican su necesidad pero son críticos de sus consecuencias, pero eso ya es otra historia (Moulian es de los primeros en advertirlo el ’97 en su ya clásico “Chile actual: anatomía de un mito”, e incluso antes Nelson Gutierrez ya denunciaba el carácter elitario y excluyente de la transición chilena en sus “Cuadernos de coyuntura”).
Nuestro proceso no puede ser solo pensar, sino también actuar. Es en la acción donde mejor nos formamos políticamente y es al calor de la lucha donde la imaginación florece. Pero pensar y actuar deben ser complementarios.
Siempre es más cómodo quedarse con las verdades conocidas y no cuestionarlas. Siempre resulta más fácil refugiarse en las consignas que ya gritamos antes que cuestionarlas. Pero esa comodidad es presagio de la derrota o peor aún de domesticación. Y no queremos un Frente Amplio domesticado, lo queremos rebelde y que nunca deje de dudar.
Publicado por Gabriel Boric Font en 20:20
Fuente:www.americabolivariana.org

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