Miguel Otero Silva (1908 - 1985)

Miguel Otero Silva, nació en el Estado Anzoátegui, Venezuela, el 26 de Octubre de 1908. Realizó estudios de Ingeniería en la Universidad de Caracas, estudios que abandonó para dedicarse a la lucha política contra la dictadura de Juan Vicente Gómez. En 1949 volvió a la misma Universidad para obtener el grado de Periodista Titular.

A partir de 1928 sufrió cárceles y destierro por oponerse a la dictadura de Gómez. Tomó parte en 1929 en una invasión armada contra la dictadura. Regresó a su país en 1935 a la muerte del dictador. De nuevo fue desterrado en 1937. Durante su exilio, vivió en distintos países. Regreso una vez más a Venezuela en 1941. En 1949 fue condecorado por el gobierno en el exilio de la República Española. Durante la dictadura militar de Marcos Pérez Jiménez (1948-1958) fue detenido en tres ocasiones y expulsado del país por seis meses. A la caída de la dictadura estaba preso en una cárcel de Caracas, de donde fue liberado por el pueblo.

Ha publicado un sinnúmero de libros de poesía y novelas entre las que destacan Agua y Cauce (poesía) y las novelas Casas Muertas, Cuando quiero llorar no lloro y La Muerte de Honorio.

En Venezuela en 1941 fundó el semanario humorístico “El Morrocoy Azul” y luego el semanario político “Aquí Está”. En 1943 fundó el Diario El Nacional del cuál fue jefe de Redaccción y Director. Falleció el 28 de Agosto de 1985.

A continuación, presentamos 3 poemas de Otero Silva:

  • Niño campesino
  • Taladro
  • Las manos del rompehuelgas

    Ud. podrá descargar el audio (mp3) correspondiente a estos poemas, haciendo clic sobre los nombres de los archivos adjuntos, al final de este artículo.


    NIÑO CAMPESINO
    De: Agua y Cauce (1937)

    La choza enclenque y parda lo acunaba en su puerta
    con el orgullo ingenuo de las ramas torcidas
    que tremolan al viento la flor que les nació.

    Era un niño terroso que miraba el barranco.
    Era un niño harapiento
    con los ojos inmutables del indio
    y los rasgos ariscos del negro.
    Uno cualquiera de los cien mil niños
    que nacen en las chozas marchitas de mi tierra.

    Yo me detuve ante la puerta
    y el niño de la choza
    arranco su mirada impasible del barranco
    para fijarla en mi.

    Yo le dije:
    --¿Estás solo?
    Y el habló con la voz candenciosa del indio:
    --Las flores del barranco son amigas.

    (Era un niño poeta.
    Yo lo había presentido en los ojos profundos.)

    --¿Pero no tienes miedo?
    Y él habló con la voz jactanciosa del negro:
    --Yo soy el macho, ¿sabe?
    Mi hermanita se jué con mamá a cortar leña.

    (Era un niño valiente
    Yo lo había presentido en los rasgos audaces.)

    Despues le hablé del palpitar del río,
    del verde hecho ternura en la hondonada
    y del verde bravío de la montaña.
    Él me dijo que amaba el sonido del viento
    y el azul valeroso de los cielos desnudos
    y el canto y el plumaje de los pájaros.

    (Era un niño pintor,
    o músico,
    o poeta.)

    Sirviome agua de la tinaja grande
    y cuando me marchaba
    me tendió la sonrisa fraterna de los negros.

    Y se quedo mirando su paisaje
    y aferrado a su choza
    como la flor al árbol.

    Yo descendí la cuesta
    desbandando mi palomar de angustias
    por los niños poetas,
    por los niños pintores,
    por los niños artistas
    que nacen en las chozas marchitas de mi tierra
    y se quedan mirando los barrancos
    para toda la vida.
    Por la obra que nunca ha de nacer
    porque están en el mundo con las manos cortadas
    esos niños terrosos de las chozas marchitas.

    MIGUEL OTERO SILVA
    Venezolano, 1908 - 1985
    De: Agua y Cauce (1937)



    TALADRO

    Entra el taladro en la tierra,
    la tierra venezolana.
    Suda el hombre, suda,
    suda el hombre venezolano.

    Crujen las máquinas yanquis,
    grita el ingeniero yanqui.

    Entra el taladro rompiendo
    tierra y piedra, piedra y tierra,
    la tierra venezolana,
    la piedra venezolana.

    Suda el hombre junto al pozo,
    el hombre venezolano,
    tierra y sudor en la espalda,
    oscuro fango del pueblo.

    Tensos los músculos recios,
    los hombres venezolanos,
    el mulato, el negro, el indio,
    le están abriendo la entraña
    a la madre Venezuela.

    Crujen las máquinas yanquis,
    grita el ingeniero yanqui,
    hierven las calderas yanquis.

    Por los tubos relucientes
    se va cantando el aceite
    la canción del que no vuelve.

    Allá lo espera en la rada
    el humo del barco yanqui.

    El hombre venezolano
    regresa al atardecer
    sucio, cansado y hambriento.

    Cuatro chiquillos palúdicos
    comen tierra junto al rancho.
    Un hilo de agua verdosa
    va pregonando microbios.

    La mujer lo está esperando
    desgreñada y temerosa:
    ella sabe que las máquinas
    trituran hombres a veces.

    Al fondo de la barraca
    lo está esperando la mesa
    con los frijoles de siempre.

    Se va el aceite en el barco...

    Las cifras de Rockefeller,
    crecen, crecen, crecen, crecen.

    En Inglaterra, Deterding
    sueña senderos de libras
    para cruzar el canal
    que lo separan de Francia.

    Palacios, yates, iglesias,
    cabarets y limusinas,
    gardenias en las solapas,
    diamantes en blancos cuellos.

    En Venezuela, allá lejos,
    cuatro chiquillos palúdicos
    comen tierra junto al rancho.

    Royal Dutch, Standard Oil
    cómo suben las acciones
    y crecen los dividendos.

    Petróleo venezolano.

    Aceite que no regresa...

    Entra el taladro en la tierra,
    la tierra venezolana.

    Crujen las máquinas yanquis,
    grita el ingeniero yanqui,
    se marchan los barcos yanquis...

    Suda el hombre, suda, suda,
    el hombre venezolano...



    LAS MANOS DEL ROMPEHUELGA

    Manos torpes y manchadas
    las manos del rompehuelga
    manos que cuando trabajan, traicionan

    Manos arteras
    cuyo sudor no enaltece
    sino ultraja lo que crean

    Son las manos mas infames
    las manos del rompehuelga

    Ni las del enterrador
    sucias de muerte y de tierra,
    porque el mismo enterrador
    tiene las manos honestas

    No hay otras manos tan viles
    como las del rompehuelga

    Ni las manos del verdugo
    oscuras de sangre ajena,
    ni las manos que en las cárceles
    remanchan negras cadenas

    No hay manos que agravien tanto
    como las del rompehuelga

    Manos que cuando se alquilan,
    alquilan su honor con ellas.
    Podrido barro en las uñas
    y sangre verde en las venas

    Surcadas de maldiciones
    las manos del rompehuelgas

    Oí decir a un anciano
    obrero de voz abuela,
    mientras mostraba las manos
    arrugadas de faena:

    Prefiero las manos mancas
    que manos de rompehuelga


    Enlaces relacionados:

    http://es.wikipedia.org/wiki/Miguel_Otero_Silva
    http://amediavoz.com/oterosilva.htm

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