Literatura: Cuentos de Fútbol.

Cuando el futbol es un modo de ser
Jorge Valdano

La vieja ética

Hubo un tiempo en que equivocarse en un pase significaba mucho, para mal. Yo empecé mi carrera profesional en Rosario, ciudad implacable con los malos jugadores. En uno de mis primeros entrenamientos, le di la pelota al Mono Obberti, viejo ídolo de NewelI's y mío, pero el pase no fue bueno. El Mono no hizo ni el menor esfuerzo por alcanzarla, me miro como si me hiciera un favor, y dijo: "Nene, al pie, y si no dedicate a otra cosa". Ahora, cuando un futbolista falla el envío por tres metros, el compañero lo aplaude, no vaya a ser que el pasador se deprima. Otra variante sobre aquella estética del futbol, la cuenta Di Stefano en su excelente libro Gracias, vieja, al recordarnos que antes, cuando se marcaba un penal, no se festejaba. Daba verguenza gritar como loco el aprovechamiento de semejante ventaja. Eso es, daba verguenza.

La importancia de marcar un gol

Es un recuerdo de niño común a muchos hombres. Llevamos horas jugando al futbol y se esta haciendo de noche. Alguien grita: "El que mete el gol, gana". Y el partido se pone serio porque no es cuestión de irse a dormir fracasado. Miren por donde, al Mundial de Francia le ocurrió lo mismo. El que metía el gol ganaba en un gran tanto por ciento de los casos, los demás empataban, ninguno perdía.
Lo ideal es jugar bien y, después, meter los goles, pero no siempre es así. Algunas selecciones compiten por la dignidad y otras por el título, pero la mayoría necesita meter un gol para jugar a su mejor altura. Se trabaja mucho en inmovilizar al rival, pero poco en provocar sus errores. El que recibe el gol esta obligado a cometer imprudencias, y el que lo marca tiene el privilegio de aprovecharlas.

Emociones del goleador

Uno corre desesperado hacia ninguna parte, no tiene prisa, al contrario, quisiera detener el tiempo. Otro se tira al suelo y es aplastado por un grupo de hombres que le gritan y lo asfixian; no sufre, al contrario, es el más feliz de todos. Los dos acaban de meter un gol y sienten una alegría tan perfecta que entra justo en el cuerpo, lo ocupa todo, parece irreal y es por supuesto, inmerecida. Nadie merece tanto. Los goleadores viven para esa poderosa locura y sin embargo no pueden explicarse, no puede explicarse.
El gol nos regresa instantáneamente a la infancia de modo que no extraña ver a un hombre hecho y derecho subir al alambrado, hacer el avioncito o bailar con el banderín del córner al compás de una música alegre, que le sale del alma y solo escuchan ellos. A niños colombianos de doce años le preguntaron que sentían cuando marcaban un gol, y la inocencia de sus respuestas la firmaría cualquier duro ariete en mitad de su festejo.
Escuchen solo dos:
-Yo solo tengo cabeza para pensar en la alegría.
-Cuando yo hago un gol, pienso en mi mamá y en el equipo.
Pero no solo de ternura esta hecho el festejo, también los malos sentimientos son convocados en el instante en que se produce el gran estallido emocional. Es el momento de vengarse del mundo y de gritarle: "¡Toma!", método de sodomización colectiva que con frecuencia utilizaba Hugo Sánchez contra miles de aficionados rivales que previamente lo habían insultado sin piedad. Pero hay que verificar...
...Cuentan que Rogelio Porrini jugaba en Boca Juniors y en un mal momento futbolístico sus propios hinchas lo eligieron como víctima de un martirio interminable. Era culpable de jugar: si tocaba porque tocaba, si tiraba porque tiraba, si gambeteaba por que gambeteaba y si la perdía porque era la demostración de que todos los insultos anteriores eran justos. Pero un día, Porrini tuvo la oportunidad de contestar con contundencia a tanta incomprensión; en medio del ensañamiento tuvo la suerte de meter un gran gol y su sistema nervioso se olvido de los Iímites. Con esa sensación de poderío incontenible que siente el goleador, corrió hacia su propia hinchada, los miro a todos con una fuerza que tenía algo de desesperación y algo de desafío y les dedico nueve perfectos cortes de manga. Yo entendí su reacción imparable, pero antes debió verificar. Cuando el goleador creyó recuperada su dignidad se dio la vuelta para dejarse abrazar por sus compañeros que, desde lejos, lo miraban con compasión y sin ninguna alegrí. El gol había sido anulado. Hay que verificar.

4, 3, 2, 1: ¡Gooool!

Diez segundos es mucho tiempo en la vida de un héroe. Diego Armando Maradona danzo y salió como un proyectil enloquecido. Con el balón, el cuerpo y las velocidades, le dio gato por liebre a cinco súbditos del imperio británico y finalmente puso un gol maravilloso en la memoria de todos. Fue en México, en 1986; en la cancha, Inglaterra y Argentina jugaban uno de esos partidos de quedarse o irse. Calor, polución, altitud. Miraban millones. Tensión, miedo, emoción... Ya saben. De pronto, el Negro Enrique ve a Maradona y le pasa el balón en corto, pura burocracia. Mas tarde, en el vestuario, el Negro presumiría de asistencia: “ ¿Como no vas a meter el gol con el pase que te dí?". Maradona recibió el balón en el callejón ocho, de espaldas al arco contrario, con un ingles a cada lado y todavía en su propio campo. Controlo, giro y se metió a contramano por una autopista que solo un chiflado podría trazar. Quedaban algo mas de 50 metros y muchas curvas; le esperaban tipos duros, pero nobles, empezaba la gran antología de la gambeta: belleza, asombro y un final feliz. Lo vi mil veces, pero no sabría contarlo. Diez segundos, diez toques: un héroe con el numero 10.

Y, sin embargo, se mueve
El cobarde muere mil veces, el valiente solo una.

Orden y entusiasmo. Los entrenadores cuadricularon el terreno de juego como si fuera un tablero de ajedrez y domesticaron a los jugadores para convertirlos en piezas. Lo único que les sigue molestando es la pelota... y, sin embargo, se mueve. El balón sigue siendo el ombligo del futbol, su único eje. Me recuerda que Goraicoechea, humorista grafico argentino, dibujo a un entrenador que instruía a sus jugadores ayudado por una pizarra llena de cruces, flechas y rayas. En medio de la lección, una pelota con la que jugaba unos chicos de la calle rompió el cristal de la ventana y se metió en el aula. Era una sola viñeta: cristal roto, la pizarra con su caótico dibujo, todos con caras de asustados y el entrenador, sorprendido, mirando la pelota invasora y diciendo: "¿Y esto que es?". Es lo que le da sentido a todo y Goraiacoechea la metió agresivamente en el aula para reírse de la solemnidad con que se empezaba a tratar (hablo de los años sesenta) aspectos del juego hasta entonces secundarios. Sirve, para seguir desmitificando, una frase actual y también humorística del entrenador Alfio Basile: "Yo a mis equipos los coloco bien en la cancha, lo que pasa es que cuando empieza el partido los jugadores se mueven". Sí, y al compas de la pelota.
¿Quién tiene la pelota?

Hay dos maneras de relacionarse con esta profesión. En el partido que el entrenador tiene la obligación de imaginar puede darle el balón al contrario o a su propio equipo. Entre una y otra opción existe una distancia tan grande como la que hay entre el miedo y la esperanza. El miedoso que piensa el partido en su alucinada soledad lo primero que hace es entregarle la pelota al enemigo, y se pasa las horas contrarrestando peligros y quitándole protagonismo a sus propios jugadores. Como hay dos maneras de entender el juego, también hay dos maneras de elegir jugadores. Los que se dejan ganar por las precauciones encontraran más confiable al cumplidor musculo que al sospechoso talento. El luchador obediente ofrece cosas concretas, y es un punto de apoyo donde podemos colgar la inseguridad en los momentos de incertidumbre. El jugador talentoso es una incógnita que escapa al control, al dibujo de la pizarra, al partido que los cobardes juegan mil veces.
Todas las ideas son igual de ganadoras y perdedoras, porque el futbol sigue perteneciendo antes a los pies de un juego en donde el arbitro esta autorizado a equivocarse y la suerte se toma libertades a veces decisivas, conviene no sentirse dueño del partido y mucho menos de la verdad. Sugiero, entonces, que declaremos gratuitos los miedos y nos animemos a vivir, a asumir riesgos. Para empezar, estaría bien que le devolviéramos el futbol a los jugadores y la pelota a los mejores.

Tendencias perversas

El futbol es un juego hermoso al que los mediocres quieren afear en nombre del pragmatismo, y es un juego primitivo al que los revolucionarios quieren violar mediante el método del cientificismo. Están llegando tan lejos que ya perdieron de vista el sentido común. Freud no pensaba en el futbol cuando teorizo sobre el alto precio pagado por la especie humana para lograr el progreso, sacrificando así la vida instintiva y reprimiendo su espontaneidad. El empeño destructivo fue marcando tendencias: lo físico se impuso a lo técnico, lo colectivo a lo individual y el conservadurismo al atrevimiento. Hoy esta de moda la presión, una barricada que los equipos levantan a la altura de los medios y que requiere de la voluntad tanto como de la organización (siempre el orden y la actitud). El mecanismo es fácil: atacar al poseedor del balón y a los posibles receptores mas cercanos, en una especie de redada para la que sirve un puñado de jugadores disciplinados, convencidos, esforzados. Con frecuencia se recurre a interrupciones no violentas que permiten la reorganización que son dignificadas con el nombre de "faltas tácticas”. Los partidos se afean por la gran cantidad de infracciones menores que obligan a volver a empezar, los árbitros se convierten en cómplices porque todavía no entendieron ese giro dañino del juego y los jugadores cada día piensan menos porque donde antes había espontaneidad ahora hay hábitos. Aunque nada de lo que nos es impuesto resulta placentero, lo cierto es que el campo, por abajo se esta poniendo intransitable. Solo con paciencia, buenos jugadores y criterio para tocar se puede desactivar el entusiasmo de los que juegan a no dejar jugar. Paciencia no hay porque la cultura de la ansiedad a la que el futbol esta abocada provoca un punto de descontrol. Los buenos jugadores están en desuso porque la calidad perdió en su lucha contra la cantidad. El toque criterioso parece ser una ingenuidad del pasado. ¿Para que arriesgarse a chocar contra las piernas de los recuperadores rivales si con un pelotazo podemos llegar al mismo lugar?

De El Miedo escénico y otras hiervas, Aguilar, 2003
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El árbitro
Eduardo Galeano

El arbitro es arbitrario por definición. Este es el abominable tirano que ejerce su dictadura sin oposición posible y el ampuloso verdugo que ejecuta su poder absoluto con gestos de opera. Silbato en boca, el arbitro sopla los vientos de la fatalidad del destino y otorga o anula los goles. Tarjeta en mano, alza los colores de la condenación: el amarillo, que castiga al pecador y lo obliga al arrepentimiento, y el rojo, que lo arroja al exilio.
Los jueces de Iínea, que ayudan pero no mandan, miran de afuera. Solo el árbitro entra al campo de juego; y con toda razón se persigna al entrar, no bien se asoma ante la multitud que ruge. Su trabajo consiste en hacerse odiar. Unica unanimidad del futbol: todos lo odian. Lo silban siempre, jamás lo aplauden. Nadie corre mas que él. El es el único que esta obligado a correr todo el tiempo. Todo el tiempo galopa, deslomándose como un caballo, este intruso que jadea sin descanso entre los veintidós jugadores; y en recompensa de tanto sacrificio, la multitud aúlla exigiendo su cabeza. Desde el principio hasta el fin de cada partido, sudando a mares, el árbitro esta obligado a perseguir la blanca pelota que va y viene entre los pies ajenos. Es evidente que le encantaría jugar con ella, pero jamás esa gracia le ha sido otorgada. Cuando la pelota, por accidente, le golpea el cuerpo, todo el público recuerda a su madre. Y sin embargo, con tal de estar ahí, en el sagrado espacio verde donde la pelota rueda y vuela, el aguanta insultos, abucheos, pedradas y maldiciones. A veces, raras veces, alguna decisión del arbitro coincide con la voluntad del hincha, pero ni así consigue probar su inocencia. Los derrotados pierden por él y los victoriosos ganan a pesar de él. Coartada de todos los errores, explicación de todas las desgracias. Los hinchas tendrían que inventarlo si el no existiera. Cuanto más lo odian, más lo necesitan.
Durante mas de un siglo, el arbitro vistió de luto. ¿Por quien? Por él. Ahora disimula con colores.
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El hincha del año
Miguel de Loyola

Los comentaristas lo tenían claramente identificado. Y ese domingo, una vez terminado el partido y entregada la copa al equipo vencedor del torneo, le darían el premio "Hincha del año", dotado de una suma importante de dinero en efectivo, además de algunas entradas para los partidos de la competencia siguiente. Sabían que el hincha en cuestión se ubicaba en la galería norte del estadio, justo tres gradas por encima del arco. Los de la galería lo llamaban "Cara de Citroneta" toda vez que se referían a él. Se trataba de un personaje entre los muchos que suelen rondar con frecuencia los estadios. Además, ahora sabían que su asistencia a los partidos de Colo Colo, y a las presentaciones de la Roja, constituía un record. En veinte años, el tipo no había fallado a ninguna fecha.
El hincha en cuestión usaba lentes, lentes tipo poto de botella. Signo evidente de una miopía extrema. Aunque algo exagerada por esos marcos de plástico color café. Anticuados, pasados de moda, y los que sin duda eran los mayores responsables del apodo. Algunos de los periodistas deportivos apostados en las casetas, entre bromas y risas, aseguraban que el Cara de Citroneta apenas podía ver con ellos las jugadas del arco que tenía en frente, y que el resto del partido le quedaba solo para la pura imaginación, alimentada por la correspondiente voz del relator desde la portátil que llevaba siempre encajada en el bolsillo de la chaqueta. Una radio anacrónica como los lentes, con un audífono blanco que acostumbraba a mantener soldado a su oreja izquierda durante los partidos, conformaba parte característica de su indumentaria de hincha deportivo.
-Es el primero en llegar y el ultimo en retirarse del estadio-. Eso ahora estaba absolutamente comprobado, luego de estudiar sus movimientos con motivo del premio en cuestión en los diversos videos archivados por las cámaras que cubrían partido a partido la conducta de las barras. El Cara de Citroneta aparecía en todos los videos cuando la filmadora avanzaba por el sector mas populoso de la galera, mostrando un rostro de iluminado, concentrado en el juego y en ningún caso en el movimiento de las cámaras.
Se sabía también que más de alguna vez al tipo lo habían asaltado allí mismo en las graderías una vez terminado el partido, arrebatándole la portátil, el reloj, la chaqueta, y el poco dinero que regularmente llevaba encima. En una oportunidad los antisociales lo despojaron hasta de los lentes. Pero no por eso se intimidaba y dejaba de estar presente en la siguiente Jornada deportiva. Su fanatismo lo llevaba nuevamente a presentarse con las mismas esperanzas de ver ganar a su equipo. Eso lo sabían ahora los periodistas y algunos, sensibles hombres de la farándula deportiva, lo sabían hasta las mismas lagrimas. Se hallaban emocionados con su historia. Ya no les cabía duda que la mayor pasión de aquel hombre la constituía el futbol, que vivía en función de él lo mismo que ellos. Con la diferencia que con esa pasión ellos se ganaban la vida, en cambio al Cara de Citroneta le costaba sus buenos pesos de sus menguados bolsillos de obrero metalúrgico.
Al principio, Clara, su mujer, cuando apenas llevaban algunos años de matrimonio, no soportaba esa afición de su marido, la odiaba como se odia a una rival, con celos, naturalmente. Sentía que le robaba tiempo para estar juntos. Después, con lo años, no hallaba la hora que llegara el fin de semana para que Rafael, Rafael Peralta, que así se llamaba el hincha en cuestión, se fuera de un vez por todas a su futbol, liberándola de su compañía, la que con los anos comenzaba a encontrar cada vez mas aburrida. Las veces que Rafael se estaba en casa, no hacía otra cosa que andar pendiente de los partidos que pasaban por la televisión, o si no de los comentarios deportivos insertos en los noticieros. Asunto que a ella le molestaban bastante mas que el hecho de saber que se hallaba en el estadio, pegado a su transistor, distante y ajeno, en definitiva.
Ese domingo, Rafael se encontraba en su puesto habitual en las graderías desde alrededor de las tres de la tarde. A pesar de la lluvia torrencial que se estaba derramando sobre la ciudad, no se había movido ni se movería por un momento de su sitio. Por la radio dudaban que el partido se jugara realmente debido a la intensidad inusitada de la lluvia. No obstante, Rafael permanecía inmutable bajo el aguacero como buen hijo del sur de Chile. Ese domingo se disputaba la final del torneo, se terminaba la temporada y quería ver a los muchachos por última vez antes que se fueran de vacaciones. Sabía que acostumbraban a despedirse de la hinchada toda vez que terminaba el torneo y con mayor razón aún cuando lo ganaban. Resultado que el Cara de Citroneta lo daba por sentado. Además, lo motivaba la posibilidad, según le habían prometido, de pasar al otro lado de la reja que separaba la cancha de las graderías para darle la mano sino a Chamaco, al mismo Caszely en persona, sus máximos ídolos deportivos del ámbito local. Las paredes de su pieza las tenía forradas con fotos de estos dos grandes jugadores. Nunca en toda su vida de espectador deportivo había visto a una dupla más perfecta. A Chamaco lo consideraba inigualable al momento de dar un pase, porque sabía hacerlo con maestría que denotaba clase, anticipo, visión de juego, ni corto ni pasado, sino proyectando desde ya la jugada siguiente. El chino Caszely, a su vez, a la hora de entrar al área chica con la pelota en los pies, tampoco fallaba nunca. Terminaba metiéndola al fondo de la red con la maestría inigualable de los verdaderos ases del futbol.
A pesar de la Iluvia, de las dudas esparcidas a través de las emisoras por los comentaristas que el partido posiblemente se suspendería, el estadio comenzó a llenarse pasadas las cinco de la tarde. La galería se colmo de pronto de asistentes. Y Rafael quedo en medio de un miliar de personas, convertido otra vez en un hombre masa, tragado por la compacta multitud. Después, fueron llenándose las tribunas Andes y Pacífico, hasta que a las siete -hora en que estaba fijado el comienzo del encuentro- no cabía un alfiler en el estadio.
-iSesenta mil personas!, ¡sesenta mil personas en el Nacional! -vociferaban por las distintas emisoras los locutores a voz en cuello en medio de avisos comerciales, bromas y comentarios varios. El corazón de Peralta comenzaba a levantar revoluciones hasta alcanzar grados evidentes de taquicardia. La expectación reinante estaba conformando poco a poco un solo cuerpo en el estadio. Un cuerpo de gigante que se agitaba constantemente como un bandoneón. Los vítores de las barras se sucedían uno tras otro, con estruendos de bombos, trompetas, platillos, pitos y silbidos. Rafael rara vez se sumaba a los gritos de las barras, pero esta vez lo hizo, incluso se paro de su asiento, y como regularmente lo hacían otros, se subió también arriba del banco cuando finalmente salió Colo Colo de los camarines al trote, luciendo la inconfundible casaquilla con la insignia del gran cacique araucano estampada en el pecho. Los banderines flamearon al viento junto con el himno del club. Rafael volvió a sentir la presencia de sus antepasados en esos hombres que los representaban. Las trutrucas tronaron en la galena junto al tam tam intermitente de los tambores nativos invocando a dioses ancestrales.
El partido comenzó con el pitazo de rigor dado por el árbitro en el círculo central. A la media hora de juego, Colo Colo iba uno a cero arriba en la cuenta, con pase de Chamaco y gol de Caszely. Un clásico que se repetía en los encuentros. Las galerías rugían como leones embravecidos en medio de esa selva incendiada por miles de almas gritando.
Al minuto cuarenta y dos, vino el sorpresivo empate de Cobreloa, después de un confuso tiro libre que pasó colado por un espacio abierto dejado por la barrera. El estadio enmudeció por unos segundos tan largos como suele ser el del asombro mismo en su estado más puro y virginal. Después, volvió otra vez a rugir como el animal enjaulado en que se había convertido luego del empate, y lo seguiría siendo hasta la hora del descanso. Los equipos se fueron a los camarines empatados a uno.
En el descanso, Rafael tampoco se movió de su sitio. Rara vez lo hacía, la verdad. Las pocas veces que lo hiciera alguna vez para ir al baño, al regreso se había quedado siempre sin asiento. Esa era una de las pocas cosas que le desagradaban del estadio y acaso una de las razones también por las que deseaba a veces ser un hombre rico, para conseguir un puesto seguro bajo marquesina. No obstante, ese sueno lo veía tan imposible como arrancarle a la noche uno de sus diamantes mas puros.
Después de la lluvia, que había cesado repentinamente sin que nadie le diera ninguna importancia al hecho. Comenzó a bajar el frío glaciar, que suele arrinconarse en los lomos de la cordillera para dejarse caer como una bestia polar sobre la ciudad. Así que las ganas de orinar apenas las aguantaba esa tarde Rafael. Pero no estaba dispuesto a quedarse sin asiento para ver la segunda etapa. En ese caso, prefería orinarse allí mismo.
El pitazo del árbitro hizo volver la concentración de los espectadores hacia la cancha otra vez. Los equipos salieron dispuestos a la lucha por conseguir el dominio del balón blanco, y, a los diez minutos, un gol de Caszely desde la boca del arco puso al estadio frenético de felicidad. Rafael pego un brinco en su sitio. Tronaron las trutrucas y los tambores araucanos. Después todo fue jolgorio, risas, cantos, aplausos, pitos y aullidos. Chamaco volvió a poner una pelota extraordinaria en los pies benditos del Chino, y entro con ella hasta el fondo de la red, dejando al arquero tendido en el suelo como un toro, avergonzado y furibundo después de la ultima verónica letal. El estadio ardía en pequeñas llamitas que los espectadores fueron encendiendo a modo de antorchas. Era la noche de Chamaco y de Caszely otra vez. La gran despedida decían algunos, porque se rumoreaba que el eximio medio campista no volvería a jugar el próximo campeonato, salvo el partido de su despedida, y por lo tanto Caszely tampoco volvería a ser nunca mas el mismo sin su compañía. Pero eran solo rumores. Rumores que no obstante causaban mas de alguna aprehensión en el singular corazón de Peralta, que hacía rato por detrás de sus gafas de plástico había comenzado a desprender los goterones propios de la emoción de ver a sus ídolos en toda la magnitud de su potestad.
El partido culmino con las tres cuartas partes del estadio de pie, vitoreando al equipo vencedor. Rafael Peralta aprovecho el minuto justo antes del final, tal y como le había pedido expresamente el Periodista, para bajar entre la multitud hasta la reja, a costa de codazos y empujones que le propinaron y propino a su vez a diestra y siniestra. No obstante, cuando sonó el pitazo final, y los fuegos artificiales reventaron la paz del cielo con sus múltiples luces de colores anunciando el final glorioso, casi ya había conseguido alcanzar la reja. Al otro lado pudo ver al periodista que le había prometido hacerlo pasar al interior del campo esa noche, con el fin de que abrazara a sus ídolos. No obstante, Peralta ignoraba todavía que además le darían un premio.
La vuelta olímpica del equipo vencedor se impuso esa tarde de todas maneras. Y en el momento final en que Colo Colo saludaba a la hinchada de la galería a pecho descubierto, Peralta, embargado por la emoción, tal vez tuvo el vago presentimiento de lo que sería morir de felicidad. El grueso de la muchedumbre se había agolpado frente a la reja gritando y empujando en forma frenética. Querían también saludar a sus ídolos, abrazarlos, besarlos, rendirles el viejo culto del hombre a sus dioses. ¿Cuantas veces no lo había soñado el también? La cámara de televisión que buscaba al ganador del Premio Hincha del año lo encontró por un momento en medio de esa multitud con el rostro risueño, a pesar de la evidente incomodidad en que se hallaba, apretujado entre la masa enfebrecida. No obstante, todavía conservaba los lentes y el audífono. Luego, el video proyecta el desplome repentino y brutal de la reja, con el gentío cayendo como una cascada de cuerpos unos sobre otros.
Quince muertos, treinta y dos heridos graves, cuarenta y cinco lesionados leves, etc... Entre los muertos, Rafael Peralta, escogido por los periodistas deportivos para darle esa noche el premio Hincha del Año.
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Fuente: Revista PROA - Argentina N° 72-Julio-Agosto.
Agradecemos a su Director , Roberto Alifano su autorización para publicar estos cuentos.

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