Literatura: Cuentos de Eliseo Cañulef Martínez; Pincoya, y La Niña que fue machi.

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PINCOYA

Las mariscadoras que vieron primero el ovillo enorme de cochayuyo que se acercaba a la playa movido por la corriente, se hicieron la ilusión de que era un regalo del dueño del mar. Después vieron que tenía forma ovalada como un capullo de avispa gigante, y temieron que fuera un lobo marino empollando larvas de muerte. Cuando se acercó a la orilla y lo sacaron a pulso hasta la playa notaron que respiraba, pero sólo después que le quitaron las lianas de cochayuyo, los escombros de luche y las güilas de lugaluga, descubrieron que era una mujer dormida.
Estaban entretenidas con ella, haciéndola rodar sobre la arena para arrancarle de la piel los últimos vestigios de pelillo de sargazo que la cubría de cuerpo entero, cuando alguien desde los botes las vio por casualidad y dio la voz de alarma entre los pescadores. Los hombres que la cargaron hasta la embarcación más próxima varada en la arena notaron que pesaba más que todas las mujeres conocidas, casi tanto como un calamar gigante, y se dijeron que tal vez había estado demasiado tiempo durmiendo a la deriva y el agua le había vuelto de piedra los huesos. Cuando la tendieron sobre las cuadernas vieron que era mucho más grande que todas las mujeres conocidas, pues apenas si cabía en la lancha, pero pensaron que tal vez la facultad de seguir creciendo durante el sueño estaba en la naturaleza de ciertas durmientes. Tenía el olor de las toninas, y de no ser por la forma humana, podría haberse pensado que era una criatura del mar.
No tuvieron que preguntar a nadie para saber que era una durmiente de otra parte. La caleta tenía apenas unas cincuenta mujeres, con cuerpos conocidos, algunas con buenas piernas, otras con buen semblante y la mayoría con hermosura discreta, y hasta tenía una reina que les ganó la corona a las más bellas de veinte caletas vecinas en el último festival bordemarino, pero ninguna que pusiera en riesgo severo la cordura de algún mancebo.
Aquella tarde suspendieron las faenas en el mar para concentrarse en la novedad. Mientras los hombres cruzaban los canales averiguando qué se debe hacer en estos casos, las mujeres se quedaron cuidando a la criatura dormida. Le quitaron las algas parasitarias de la piel, le desenredaron del cabello los escombros marinos y le retiraron de manos y pies callosidades antiguas. A medida que lo hacían, notaron que la vegetación de su piel volvía a crecer casi al mismo tiempo en que se la sacaban, y que sus manos estaban acostumbradas a la siembra. Notaron también que sobrellevaba el sueño con placidez, pues no tenía el semblante crispado de otras durmientes conocidas, ni tampoco la catadura sórdida de ciertas durmientes transoceánicas. Pero solamente cuando se compararon con ella tuvieron conciencia de la clase de hembra que era, y entonces temblaron de estupor. No sólo era la más exuberante, la más turbadora, la más femenina y la mejor hecha que habían visto jamás, sino que todavía cuando la estaban viendo no podían concebir que fuera de verdad.
No encontraron en la caleta una cama bastante grande para tenderla ni una silla bastante sólida para sentarla. No le vinieron los vestidos de fiesta de las mujeres más altas, ni los corpiños dominicales de las más dotadas, ni los zapatos de la mejor plantada. Intimidadas por su desproporción y su hermosura, algunas de las mujeres decidieron entonces hacerle un vestido con una sábana vieja de bolsas harineras blanqueada al sereno, y un corpiño de tocuyo sanforizado, para que pudiera seguir durmiendo tranquila, y para poner a salvo de turbaciones del corazón a los maridos cuando volvieran de las islas vecinas. Mientras cosían sentadas en círculo, contemplando la desnudez magnífica entre puntada y puntada, les parecía que el viento no había sido nunca tan cordial ni el Pacífico había estado nunca tan cauteloso como aquella tarde, y suponían que esos cambios tenían algo que ver con la durmiente. Imaginaban que si aquella mujer magnífica hubiera vivido en la caleta, su casa habría tenido las ventanas más grandes, el techo más sólido y el piso más reluciente, y el bastidor de su cama habría sido de tablones de mañío lleuque barnizado, con pernos inmunes a la corrosión salina, y su marido habría sido el más feliz de los hombres. Temían que habría tenido tanta autoridad que hubiera sacado los mariscos del mar con sólo pensarlo, y habría provocado tanto empeño de los hombres en el trabajo que los hubiera hecho construir el atracadero y las escalinatas para bajar a la playa que nunca habían construido. La compararon en secreto con ellas mismas, pensando que no serían capaces de hacer en un siglo lo que aquella era capaz de hacer en un día, y hubieran terminado por repudiarse a sí mismas en el fondo de sus corazones si no es porque la mejor dotada de ellas, que por ser la más hermosa había contemplado a la durmiente con menos resentimiento, dijo:
—Parece que fuera la Pincoya.
A la mayoría le bastó con mirarla otra vez para comprender que no podía ser otra que la Pincoya, la hija de la Huenchula y del Millalobo, engendrada en la mujer más bella del archipiélago que había existido jamás por el lobo marino más recio del arrecife, fruto del amor contrariado de mayor fama que había desbaratado la paz del archipiélago casi tanto como la disputa territorial entre Trentren y Caicai a comienzos del mundo.
Las mujeres más porfiadas, que eran las que habían acumulado más tirria en el corazón, abrigaron la ilusión de que al ponerle la ropa confeccionada de mala fe pudiera verse un poco peor. Pero fue una ilusión vana. El género de bolsas harineras resultó perfecto, el vestido mal cortado y peor cosido le quedó espléndido, y el corpiño de tocuyo sanforizado resaltó los contornos de sus senos de reina marina.
A media tarde se robustecieron los aullidos del viento, el mar se levantó enfurecido y la tormenta terminó por desbaratar la paciencia. Las mujeres que habían cortado el vestido de mala fe para que le quedara estrecho, las que le habían enredado adrede el peinado, las que le habían cortado las uñas cheutas y raspado a la munda la vegetación de las manos, no pudieron reprimir un estremecimiento de cólera cuando tuvieron que resignarse a llevarla a la casa más próxima. Fue entonces cuando comprendieron cuánto debió haber sido de feliz con aquel cuerpo de maravillas. La vieron condenada en vida a pasar de mirada en mirada, a descalabrar corazones de adolescentes por las caletas, a usar el mejor asiento en las visitas sin tener que hacer nada con sus tiernas y rosadas manos de sirena, y a comer los mejores manjares en las fiestas.
Esto, y otras cosas peores, pensaban algunas de las mujeres frente a la durmiente del mar al comienzo del atardecer. Más tarde, cuando la tormenta amainó y el último rayo de sol penetró por la ventana para besarle la cara, la vieron tan fresca, tan radiante, tan criatura de otro mundo, que se les abrieron las primeras grietas de veneno en el corazón. Fue una de las más encarnizadas la que empezó a rezongar. Las otras, alentándose entre sí, pasaron de los rezongos al despotrique, y mientras más rezongaban más deseos sentían de despotricar, porque la durmiente se les iba volviendo cada vez más Pincoya, hasta que la insultaron tanto que fue la mujer de mar más odiada de la tierra, la más ligera de cascos y la más odiosa, la puta Pincoya. Así que cuando los hombres volvieron con la noticia de que la durmiente con pelillos de sargazo en la piel era la sembradora del mar, conocida y venerada en todo el ámbito del archipiélago, ellas se sintieron desfallecer en la angustia de una bonanza de desolación.
—¡Que el Dueño del Mar nos proteja y asista! —suplicaron.
Las otras mujeres, las que se tenían fe y estaban seguras del amor de sus maridos guardaron silencio y estuvieron de acuerdo con los hombres, que instruidos por el sabio más sabio de los sabios del archipiélago, concluyeron que aquellos aspavientos eran innecesarios. Cansados del día de navegación, lo único que querían era devolver al mar su sembradora dormida para que no tuviera conciencia de la humillación y en venganza dejara los canales desprovistos de vida marina por cien años. Los mejores carpinteros de la caleta construyeron unas angarillas con varas de luma, y las amarraron con cuerdas de fondeo, para que resistieran el peso de los huesos petrificados por el agua. Organizaron un capullo de lianas de cochayuyo con un modelo rescatado de la memoria de las mujeres que estropearon el original, metieron el cuerpo magnífico despojado de las ropas de la ignominia llorando por dentro despavoridos de anticipada nostalgia, y cubrieron cada rendija del capullo con hojas tiernas de lugaluga, de manera que las corrientes superficiales no fueran a despertarla antes de tiempo, como había sucedido otras veces. Pero mientras más se apresuraban los que sabían del peligro, más cosas se les ocurrían a los que no querían dejar de contemplar su cuerpo magnífico. Los hombres que la cargaron para depositarla en el capullo y que habían sentido el palpitar de su cuerpo mientras la cargaban, argumentaron que no era seguro echarla al mar sin un desagravio porque se había sabido que otras veces la Pincoya, aun dormida, había tenido conciencia de las ofensas recibidas y su venganza había sido terrible. Las mujeres que le quitaron las algas parasitarias de la piel estuvieron de acuerdo y se ofrecieron para organizar el más grande acto de desagravio que jamás se vio en todo el ámbito del archipiélago; las que le desenredaron del cabello los escombros marinos propusieron una fiesta con músicos bordemarinos y un curanto de exportación; las que le retiraron de manos y pies callosidades antiguas aprobaron la idea y todavía imaginaron que podía llamarse al padre Andante que navegaba por los canales vecinos para que sellara el desagravio con aspersiones de agua bendita.
A las diez de la noche la mitad de hombres y mujeres insistieron en la botadura del capullo de inmediato, pero la otra mitad votó por el desagravio. Se trabó una contienda de argumentos entre los mejores oradores de los dos grupos en pugna mientras de cada bando daban toda clase de aprobaciones y silbatinas que nadie había pedido. Con tantos tiras y aflojas el capullo de la Pincoya no había traspasado la mitad del trayecto hasta la playa a la medianoche. En eso estaban cuando el mar intervino en la contienda con una nueva tormenta que acabó por imponer la cordura. Las mujeres que habían cortado el vestido de mala fe para que le quedara estrecho, las que le habían enredado adrede el peinado, las que le habían cortado las uñas cheutas y raspado a la munda la vegetación de las manos, no pudieron aguantar el remordimiento y se pasaron al bando contrario. La botadura del capullo ganó la contienda, pero temiendo que las olas volvieran a sacarlo a la playa se resignaron a esperar que escampara. Los hombres que habían hablado con el sabio se ofrecieron para encabezar la vigilia. Unos se pusieron del lado del mar para proteger el capullo de posibles marejadas, otros del lado del norte para atajar los malos vientos, otros por el sur para atajar los efluvios polares y otros por el este para impedir el alboroto de los pájaros nocturnos. Y cuando algunos dijeron: «ándate a la casa, mujer, protégete de la lluvia, mira que tienes hijos que criar», a las mujeres se les encendieron las suspicacias y empezaron a rezongar que con qué objeto tanta cuidadera de última hora, si por muchos años la lluvia había macerado sus lomos y nunca ellos se condolieron como ahora con esos argumentos de pacotilla, levantando calumnias a la intemperie, tropezándose en sus propias maledicencias, así que algunas de ellas terminaron por despotricar que de cuándo acá semejante alboroto por una durmiente al garete, una tonina de nadie, una puta marina venida de otra parte, hasta que una de las mujeres más jóvenes y bonitas, mortificada por tanta tirria, le apartó a la durmiente las lianas de cochayuyo de la cara con la linterna encendida, y todos se quedaron sin aliento.
Bastó que la luz le bañara la cara para que todas se percataran de que estaba mortificada, de que no tenía la culpa de ser tan grande, ni tan pesada, ni tan espléndida, y si hubiera sabido que su presencia iba a causar tanto alboroto habría buscado un lugar más discreto para dormirse, se hubiera amarrado ella misma a un mazacote de cochayuyo en un acantilado, para no andar ahora estorbando como durmiente al garete, para no molestar a nadie con ese cuerpo de fatalidad. Había tanta sinceridad en su modo de dormir, que hasta las mujeres más suspicaces, las que nadaban en amarguras temiendo que sus hombres se cansaran de soñar con ellas para soñar con las durmientes desconocidas, hasta esas y otras de más tenacidad en sus convicciones, se estremecieron en lo más profundo. Entonces todos supieron sin que nadie lo dijera que debían hacer el desagravio más espléndido que podía concebirse para una durmiente marina.
Algunos hombres que habían salido a buscar músicos y bastimentos en las caletas vecinas regresaron a media mañana con otros que no creían lo que les contaban, y éstos se fueron por más músicos y bastimentos cuando vieron la durmiente, y llevaron tantas bandas de músicos bordemarinos, tantas rumas de bastimentos de todas clases y tanta gente que apenas si se podía caminar por la caleta.
Al mediodía, mientras se cocinaban los curantos envueltos en hojas de pangue sobre piedras calentadas al rojo vivo, echaron a la Pincoya en el capullo de algas al mar. Mientras se disputaban el privilegio de poner el hombro en el varal de la angarilla, hombres y mujeres tuvieron conciencia por primera vez de la desproporción de las ganas de amar que les venían subiendo y tuvieron que clavar la mirada en la arena para poder aguantarlas y no pasar por la vergüenza de salir corriendo a la casa para saciarlas. Entonces todos entendieron lo que el sabio más sabio de los sabios del archipiélago quiso decir cuando habló de que la siembra de la Pincoya tenía que ver también con la multiplicación de los humanos. La soltaron sin prisa, para que volviera si quería, y cuando lo quisiera, y todos retuvieron el aliento durante la fracción de mediodía que demoró la corriente en arrastrar el capullo al centro del canal. No tuvieron la necesidad de preguntar a nadie para darse cuenta de que ya no estaban abandonados a su suerte, ni volverían a estarlo jamás. Porque en el fondo de sus corazones sabían que todo sería diferente desde entonces, que sus lanchas iban a tener las cuadernas más sólidas, las velas más recias, y el timón más firme, para resistir con propiedad el peso de la abundancia de frutos marinos que la Pincoya habría de sembrar en agradecimiento.
A las cinco de la tarde los cuatro solteros de la caleta, que se habían mantenido al margen de todo para vigilar de cerca sus propios sentimientos, no aguantaron las ansias de nadar y se metieron corriendo al agua cuando vieron a la Pincoya erguirse sobre sus pies caminando a saltos sobre los manchones flotantes de sargazo en medio del canal. El padre Andante que venía a la fiesta orientado por la música los vio pasar cerca del bote y tuvo que persignarse frente al prodigio de verlos avanzar como si fueran peces movidos por aletas invisibles a una velocidad que estaba más allá de toda experiencia humana conocida. Pero tuvo que volver a persignarse cuando casi al mismo tiempo el bote sufrió una arremetida sin viento y fue llevado a la playa por una ola de peces, mariscos y crustáceos que lo dejaron sobre la arena y todavía siguieron de largo en dirección a los fogones donde se envolvieron ellos mismos en hojas de pangue y se pusieron a cocinar sobre las piedras calientes.
El padre Andante reconoció enseguida que el prodigio era cosa del diablo pues en los milagros conocidos en que intervienen los peces nunca se ha visto que se cocinen a sí mismos por propia iniciativa. Improvisó un altar en la playa, lanzó al viento un sermón inspirado, impartió una bendición de rabia sobre los fogones humeantes y exhortó a los creyentes a arrojar los peces cocidos al mar. Pero todo fue en vano. La muchedumbre, alertada por las enseñanzas de los sabios más sabios del archipiélago, ya había reconocido en el prodigio la mano de la Pincoya y siguió celebrando la benevolencia de la sembradora del mar hasta que los músicos bordemarinos se desmayaron de cansancio, y no quedó ni uno solo de los pescados ni moluscos ni crustáceos que se habían cocinado a sí mismos para la ocasión.
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LA NIÑA QUE FUE MACHI
Eliseo Cañulef Martínez

Pichimaslen volvió de la escuela y antes de ir a rodear las ovejas en la loma del boldo huacho —responsabilidad que había heredado desde que sus hermanos mayores abandonaran la casa para formar sus propias familias— pasó a sacar un trozo grande de la tortilla que su madre tenía en una bolsa colgada del horcón más cercano a la puerta. Enseguida invitó a los dos perros con un silbido y ambos se fueron contentos detrás dando saltitos a su alrededor porque les iba dando a cada uno un pedacito de pan cada vez que ella misma sacaba una mascada. Las ovejas, que sabían a lo que iba, no tardaron en ponerse de acuerdo en encaminarse a su encuentro apenas la vieron venir bajando por la loma. De modo que se tendió boca abajo sobre el pasto para que los perros intentaran mordisquearle las orejas que ella cubría con sus antebrazos mientras las ovejas iban a su encuentro. Los dos perros, entrenados por ella desde cachorros en ese juego, se le tiraron encima y agarraron con los dientes cada uno una manga. Estuvieron un buen rato tratando de alcanzar la oreja, pero mientras más se esforzaban más fuerte apretaba ella sus antebrazos contra su cabeza. Cuando se cansaron de insistir echándose a su lado, ella levantó un poco la cabeza y pudo ver a una cuarta de su boca una piedrita redonda y jaspeada. La recogió y miró con atención sus contornos, luego le quitó las adherencias de tierra frotándola en su ropa y se la echó a la boca. Las ovejas pasaron de largo a su lado y ella tentó una vez más a los perros para que esta vez prefirieron mordisquearle las patorrillas. Así que se levantó y echando carreras con ellos alcanzó a las ovejas que ya iban entrando al patio de la casa.
Su madre tuvo el primer sobresalto a la hora de la once cuando la vio sacarse de la boca la piedrita.
—¿Dónde encontraste esa piedra? —le preguntó.
—En la loma.
—¿Y por qué la recogiste?
—Porque me gustó.
—Tienes que ir a dejarla en el mismo lugar porque es licancura, remedio de Machi —le dijo su madre en serio.
Pichimaslen obedeció, sabiendo que con esas cosas no se juega, de una carrera fue de nuevo a la loma y puso la piedrita en el mismo lugar en que la había encontrado.
Al día siguiente la volvió a encontrar en otro lugar, pero ya advertida de que no debía recogerla, la miró por un rato. Para asegurarse de que era la misma la dio vuelta con el pie y siguió de largo. Sin embargo, durante los días siguientes la volvió a encontrar en otros lugares de la loma, así es que decidió advertírselo a su madre.
—Es como si me anduviera buscando, por donde yo paso ahí está —le dijo.
Su madre tuvo el segundo sobresalto porque podría ser un aviso de que a su hija la estuvieran llamando para que se hiciera machi. De modo que corrió a la huerta a contárselo a su marido y éste salió enseguida a contárselo a sus parientes más cercanos y todavía siguió de largo hasta la casa del Apoülmen, el más importante dirigente de la comunidad, quien lo mandó con urgencia a consultarlo con Alcafuz, el machi que vivía a pocas leguas de allí.
Cuando volvió de consultar al machi el padre de Pichimaslen mandó a llamar a todos sus parientes para una junta de asuntos mayores en su casa, con el encargo de asistencia y puntualidad inexcusables porque lo que estaba a punto de pasar era tan importante que habría de ser recordado en todo el ámbito de Futahuillimapu por tiempos inmemoriales. Apenas el pariente que había llegado último hubo terminado de dar razones del bienestar de los suyos, del buen estado de su casa y de los excelentes rindes de sus cosechas, el padre de Pichimaslen dejó caer la noticia que infló los pechos de todos los que formaban el semicírculo en el patio a las 11 de la mañana de ese día lleno de sol.
—Pichimaslen ha sido llamada por espíritu de machi para que se convierta en sanadora, así lo indica el perimontun repetido que ella ha tenido con una licancura, y así lo ha confirmado el especialista en estos asuntos que acabo de consultar —dijo.
A la manifestación de algarabía general que provocó la noticia le siguió la preocupación que la madre de la niña puso en voz alta.
—Ahora hay que esperar que ella acepte el llamado y se haga machi para que no sobrevengan desgracias —dijo.
Era cierto. La única que podía decidir eso era Pichimaslen que en ese momento estaba en la escuela y nadie, ni siquiera sus padres, podrían obligarla a aceptar el llamado del espíritu de machi si ella no quería. La costumbre antigua era muy clara y severa en eso: no se podía obligar a nadie, ni siquiera para salvarle la vida porque se sabía a ciencia cierta que si la niña no aceptaba podría enfermarse y morir como había ocurrido otras veces con otras personas que no aceptaron el llamado. De modo que ocuparon el resto de la mañana en hablar de todo lo que se tendría que hacer en el caso de que ella aceptara y también en el caso de que no lo hiciera. Después de almuerzo siguieron la conversación y hasta hubo remembranzas de casos ocurridos en la familia que los más viejos hicieron para alertar a las generaciones más nuevas acerca de cómo procedían los antiguos en este tipo de acontecimientos.
La tarde vino a terminar con la zozobra y a poner las cosas en su sitio. Pichimaslen llegando de la escuela pasó directo a sacar el trozo de tortilla de rescoldo en la bolsa del horcón y antes de invitar a los perros con el silbido de siempre, les dijo a todos:
—Voy a ver si la licancura me está esperando de nuevo. Si es así quiere decir que hay que ser machi nomás.
Enseguida partió hacia la loma en busca de las ovejas. Mientras todos los parientes se quedaron reunidos repartiéndose las tareas y responsabilidades que cada cual había de desempeñar en el largo proceso que sería su formación de machi. Su madre tuvo el último sobresalto cuando la vio venir de regreso arreando las ovejas porque le pareció estarla viendo de mayor altura y vestida con ropas de machi, y cuando lo dijo todo el mundo entendió que Pichimaslen se había encontrado de nuevo con la licancura que le enviaban desde lo alto y ya nada pondría dificultades al fiel y cabal cumplimiento de su destino de machi poderosa y sabia sobre la tierra.
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Agradecemos al escritor Eliseo Cañulef Martínez su valioso aporte.

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