Literatura: Cuentos, La indignacion de la Machi. y Trentren y Caicai( Eliseo Cañulef Martinez)

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LA INDIGNACIÓN DE LA MACHI

No saben con la chicha que se están curando, se dijo, con su potente voz de machi recién ultrajada, muchos años después de que viera por primera vez la bandada policial inmensa, sin luces y sin ruidos, que una noche de luna llena de mayo pasó frente a la casa de su padre volando a veinte brazadas del suelo como una gran bandada de gallinazos, más larga que todo el pueblo de Temuco y mucho más ancha que la vega de las pataguas, y siguió avanzando en tinieblas hacia el fuerte colonial abandonado al otro lado del río con su atalaya de cancagua apuntando hacia ninguna parte alumbrado por el faro intermitente de la luna cuyos ramalazos de luz, a cada fracción de nube que acababa de pasar, transfiguraban la vega en una manta de niebla tendida debajo del firmamento, y aunque ella era entonces una niña sin voz de mujer grande pero con permiso de su padre para escuchar hasta muy tarde en la arboleda las pifilcas nocturnas de las torcazas, aún podía recordar como si lo....estuviera viendo que la bandada policial con su ímpetu de gallinazos al acecho desaparecía cuando lo hacía la luz de la luna detrás de una nube y volvía a aparecer cuando la nube acababa de pasar, de modo que era una bandada policial intermitente que iba apareciendo y desapareciendo hacia la entrada de la hondonada, buscando la huella con tanteos de sonámbulo, hasta que algo debió fallar en sus instrumentos de orientación, porque derivó hacia los faldeos del cerro, tropezó con los pellines enormes, saltó en pedazos y se diluyó sin un solo ruido, aunque semejante encontronazo era para producir una deflagración de maderos y un fragor de policías mutilados que helaran de pavor a los espíritus más dormidos en la selva virgen que empezaba en las murallas del fuerte colonial y terminaba en el costado de la sierra nevada, así que ella misma creyó que era un sueño, sobre todo al día siguiente cuando vio el verdor radiante de la vega, los matices de colores de las copas de los árboles en las colinas vecinas y la algarabía de los queltehues repeliendo a los perros, pensó, me dormí escuchando las torcazas y soñé con esa bandada policial enorme, quedó tan convencida que no se lo contó a nadie ni volvió a acordarse de la visión hasta la misma noche de luna llena del mes de octubre, cuando andaba buscando celajes de cherrufes en el firmamento y lo que encontró fue la bandada policial ilusoria, sombría, intermitente, con el mismo rumbo equivocado de la primera vez, sólo que ella estaba entonces tan segura de estar despierta que corrió a contárselo a su padre, y él pasó cuatro semanas gimiendo de desilusión, porque no podría casarla con el hijo del ülmen más acaudalado de la sierra como lo tenía pensado si a ella se le estaba licuando el seso de tanto andar mirando las luces del firmamento todas las noches, y como él tuvo que ir por esos días a Pehuenmahuida en busca de piñones para el invierno, aprovechó la ocasión para pedirle consejo al pelomtufe más certero en interpretación de visiones quien lo derivó a la machi más poderosa de la comarca, y ésta antes de escucharlo le comunicó que ya en sueños había sido informada del motivo exacto de su aflicción y le ordenó que le llevara a la niña cuando acabara de crecer para formarla en el conocimiento de machi poderosa, según el designio del perimontún repetido que había tenido, de modo que ella pudiera aprender lo que en efecto aprendió en los cuatro años que estudió el oficio y volvió siendo joven y hermosa a la casa de su padre donde plantó su rehue y se convirtió en sanadora de la gente, tan certera y famosa que venían a consultarla desde los cuatro puntos de la tierra, de modo que ella tuvo que acostumbrarse a su admirable rutina de machi, señalada por todos como la más poderosa y certera que había existido desde los tiempos de la guerra con los españoles, viviendo una vida buena con un marido ejemplar tres hijos hermosos y una hija que le dio una nieta dulce, sin otro sobresalto que el de enfurecerse viendo cómo el bosque iba siendo derribado en sus cimientos por hordas de madereros de casco amarillo y vuelto a reforestar con eucaliptos, mientras la voz se le iba volviendo de mujer grande y la piel rugosa sin haber olvidado un ápice de sus visiones de antaño hasta otra noche de luna llena en que miró por casualidad hacia el camino, y de pronto, madre mía, ahí estaba, la descomunal bandada policial fantasma, con las mismas botas fantasmales y cascos verde oliva de antaño, con fusiles automáticos y máquinas de asalto resoplando irritación por las troneras, pero con la diferencia de que ahora avanzaba desprovista del silencio y sin el rumbo equivocado de antaño, se metía a la casa derribando la puerta y ella, atropellada y herida, se defiende como puede con un güiño de luma de los culatazos de las carabinas, los gallinazos verdes de la bandada con ímpetu de gladiadores prosiguen atropellando a la hija que acaba de despertar del susto y la nieta que no entiende el alboroto larga el llanto despavorida, el marido y los vecinos que vienen a ayudarles son puestos en fuga por los balazos, pacos hijos de mala madre, un culatazo más y al suelo Machi, desvanecida y atada de manos y pies hasta que la conciencia le volvió cuando faltaba poco para el amanecer, vengan a soltarme, gritaba atada de manos y herida, vengan pacos del infierno que me estoy acalambrando, como nadie le hiciera caso lanzó al viento una oración en lengua originaria tan inspirada que hasta los policías más viejos se acordaron de los espantos de sus tatarabuelos y se metieron a la casa creyendo que estaba invocando al diablo, pero los que entraron primero no se tomaron el trabajo de preguntar, sino que la contramataron a patadas en el suelo amarrada como estaba y la dejaron tan mal herida que entonces fue cuando ella se dijo, temblando de rabia, no saben con la chicha que se están curando, pero se cuidó de no compartir con nadie su determinación sino que pasó tres días con sus noches encerrada en el calabozo a disposición de la Fiscalía condoliéndose de la suerte de sus chanchos y sus ovejas que también fueron arrestados bajo la imputación de haberse dejado robar en el vecindario y de la motosierra las hachas y las murreras acusadas de ayudistas en la tala de eucaliptos de la empresa maderera, no saben con la chicha que se están curando se dijo de nuevo, esperando que volviera a ser noche de luna llena, y cuando llegó el día indicado se vistió para la ocasión, repasó los conocimientos sobre este tipo de asuntos que le enseñó su machi maestra, atravesó la vega cuidando de no ser vista para que el poder del secreto la ayudara en lo que tenía pensado hacer, y pasó la tarde esperando su hora de reivindicación bajo los pocos pellines que quedaban en la falda del cerro, aguantando como podía la pestilencia de pinos y eucaliptos que ahora ocupaban el lugar de la selva de sus primeras visiones, pero tan concentrada en su determinación que no se detuvo como siempre a buscar celajes de cherrufes en el firmamento, ni puso atención a las pifilcas crepusculares de las torcazas, ni se entretuvo como otras veces con las nubes rojizas del atardecer, porque no se desconcentró de su tarea mientras la noche no se le vino encima con todo el peso de la incertidumbre, entre los escasos peumos y pellines del borde de la quebrada, con la hoguera ceremonial casi apagada para no alborotar a los espíritus antes de tiempo, iluminada a ratos por ramalazos de luna con cada fracción de nube que acababa de pasar, sabiendo que andaban cerca las almas de machis antiguas no sólo porque viera cada vez más intenso su fulgor entre los árboles sino porque la respiración del viento se iba volviendo alegre, y así tocaba su cultrún tan concentrada que no supo de dónde le llegó de pronto una pavorosa pestilencia sulfúrica ni por qué la noche se hizo sombría como si las estrellas y la luna se hubieran ido a otra parte, y era que la bandada policial estaba allí con todo su tamaño inconcebible, más grande que las otras veces y más oscura que cualquier otra cosa oscura entre el firmamento y la tierra en una noche de luna llena, dos mil trescientos pares de brazos armados y toneladas de olores mordientes pasando tan cerca de la copa de los árboles que ella podía ver las costuras de los uniformes verde oliva de la bandada y la infinidad de cartuchos en las recámaras de las metralletas, con silencioso sigilo de máquinas y linternas apagadas, sin respiración, y llevando consigo su propia pesadumbre, su propio pedazo de infierno congelado, su propia maldición de Malinche de traiciones repetidas, y de pronto todo aquello desapareció con el lamparazo de la luna llena y por un instante volvió a ser el ngulumapu diáfano, la noche callada de septiembre, el aire cotidiano de las torcazas, de modo que ella se quedó sola entre los pellines, sabiendo a ciencia cierta que no estaba soñando despierta, no sólo ahora sino tampoco las otras veces, y apenas acababa de decírselo a sí misma desde el fondo de su corazón cuando un soplo de misterio fue encendiendo los pellines con espíritus de guerreros antiguos desde el primero hasta el último, así que cuando pasó la última nube y la claridad de la luna volvió a aparecer la bandada verde oliva ya tenía la orientación extraviada, acaso sin saber siquiera en qué lugar de la Araucanía se encontraba, buscando a tientas el camino invisible pero en realidad derivando hacia el río, hasta que ella tuvo la revelación abrumadora de que aquel signo era la última clave del encantamiento, y avivó la hoguera ceremonial con ramas de quila seca, una mínima lucecita anaranjada que no tenía por qué alarmar a nadie en la vastedad de la selva de eucalipto, pero que debió ser para el comandante de la bandada policial fantasma como un sol de atardecer en el horizonte, porque gracias a ella corrigió su rumbo y enfiló por la vega en una maniobra de rectificación feliz, y entonces todas sus linternas se encendieron al mismo tiempo, las máquinas volvieron a zumbar, se prendieron las estrellas en su cielo y los cascos verde oliva volvieron a brillar, y había un estrépito de órdenes de mando y una pestilencia suspendida en el aire, y se oía la marcialidad del orfeón rebotando sobre la luna y el tumtum de las arterias de los uniformados de la bandada en la penumbra intermitente, pero ella sabía tan bien lo que debía hacer que no se dejó aturdir por la emoción ni amedrentar por el prodigio, sino que golpeó con más resolución el cultrún con la vaqueta y volvió a decirse con más decisión que nunca que no saben con la chicha que se están curando engendros de mal padre, ahora lo van a ver, y en vez de paralizarse amedrentada por aquella bandada descomunal siguió tañendo su instrumento con más bríos, porque ahora sí van a saber lo que es la indignación de una Machi, y siguió orientando a la bandada hacia la hoguera con el tumtum hipnótico del cultrún y para estar segura de su obediencia la obligó a describir una elipse en el firmamento sobre la vega invisible y la condujo como si fuera una bandada de plomas amaestradas hacia los troncos más recios de los árboles, una bandada policial viva e invulnerable a los haces de la luna comenzó entonces a desgranarse porque uno a uno los gallinazos vestidos de verde oliva atraídos como polillas por la fuerza primordial de la hoguera fueron cayendo sobre los troncos de los pellines y después vueltos a ser reventados por los que caían detrás, y allá empezaban a difuminarse las nubes del cielo, la penumbra bajo los eucaliptos, la niebla sobre las aguas del río, y todavía la bandada de gallinazos verde oliva iba hacia los pellines, siguiendo el tumtum del cultrún poderoso a contrapelo de los deseos del comandante desgañitado de repetir instrucciones que nadie cumplía, que nadie podía cumplir porque todos los gallinazos de uniforme estaban condenados de antemano a la desobediencia, y en aquel instante reventó el tableteo descomunal del primer relámpago, y ella quedó inundada por el aguacero de luz que le cayó encima, otro relámpago y la bandada llegó al borde de la quebrada rezando para no zozobrar, y otra vez, pero ya era demasiado tarde, porque ahí estaban los pellines de la orilla, los peumos de la quebrada, los queltehues de la vega, el bosque de eucaliptos entero iluminado por las mismas luces de los tres primeros relámpagos suspendidos entre las copas de los árboles, y ella apenas tuvo tiempo de prepararse para no dejarse amedrentar por el cataclismo, gritando en medio de la conmoción, ahí lo tienen pacos cabrones, un segundo antes que el cuarto relámpago se dejara caer sobre la tremenda bandada verde oliva descuartizándola sobre los pellines y se oyera el estropicio nítido de las máquinas y de las dos mil trescientas cabezas policiales rompiéndose una tras otra contra los maderos, y entonces se acabó la desolación, y ya no fue más la noche de luna intermitente sino el amanecer diáfano con la zalagarda de las diucas y los vientos alegres de siempre.
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TRENTREN Y CAICAI
Los que vieron la pelea no estaban seguros de si fue a fines de la primavera o a comienzos del verano, y tampoco pudieron ponerse de acuerdo sobre el nombre del lugar en que ocurrieron los hechos, pero todos coincidieron en que había buen clima aquella mañana. El mundo era tan reciente que los humanos tenían que ir dándole nombre a cada cosa que encontraban a su paso y había tanto para comer en la tierra y en el agua que bastaba con estirar el brazo para recogerlo y encogerlo para llevárselo a la boca.
Los moradores del estuario se levantaron temprano ese día para recoger en la playa los mariscos para el desayuno antes de que los cubriera la marea. Pero en la serranía la gente siguió durmiendo hasta que el sol comenzó a entibiar la selva después que desapareció la niebla porque en aquel entonces no había nada por qué levantarse temprano. Por eso cuando se empezaron a escuchar los primeros bramidos de la pelea, los moradores del estuario ya habían desayunado y los de la sierra estaban recién desperezándose.
El primer bramido vino desde el fondo del mar: salió de las fauces de la serpiente gigantesca, pasó rozando los acantilados del estuario, desbarató los árboles de la montaña y siguió rebotando por los despeñaderos hasta despertar a la otra serpiente gigante que dormía enroscada en un pellín colosal en la cumbre más alta de la sierra.
—Caicaicaicaicai — volvió a bramar la serpiente marina.
Y las aguas crecieron hasta la mitad de los acantilados. Los moradores del estuario que no estaban en sus canoas, y todos los demás seres vivientes que no podían volar o nadar, fueron tragados por las aguas.
La serpiente serrana alcanzó a ver el desastre cuando terminó de despertarse y se apresuró a convertir a los animales en peces, y a los humanos en toninas y lobos marinos para que no murieran. Después llamó a los despavoridos que arrancaban de las aguas, y todavía los guió personalmente en dirección del cerro más alto. No hubo peleas ni controversias entre los fatigados andantes y hasta se supo que un león ayudó a un par de cervatillos pequeños que habían enredado sus patas traseras en las hebras de voqui, y dos cazadores salvaron una pareja de zorros muy viejos que ya casi eran alcanzados por las aguas.
Cuando un grupo grande de seres vivientes iba como a la mitad de la ladera del cerro guiado de cerca por la serpiente serrana el vozarrón de Caicai Filú, la serpiente marina, volvió a remecer al mundo en sus cimientos.
—Caicaicaicaicai —dijo su bramido.
Y el agua subió hasta casi la mitad del cerro. Entonces la serpiente serrana perdió la paciencia y le contestó.
—Trentrentrentrentren —bramó.
Y el cerro creció hasta que ya nadie estuvo en peligro. Para entonces ya era mediodía y el sol calentaba fuerte. Los seres vivientes tuvieron un respiro y se sentaron sobre la hierba en la falda del cerro, muy cerca de la cima. Para espantar el calor se pusieron hojas de nalca en la cabeza y se abanicaron con ramas de helecho, pero como no pidieron permiso a Ngenwinkul, el dueño del cerro, las hojas de nalca se les achicharraban apenas se las ponían. Entonces Trentren Filú, la serpiente serrana, después de dar tres bramidos que hicieron subir un poco más el cerro, los reunió para enseñarles el modo correcto de solicitar el permiso y todavía los aconsejó acerca de la manera en que se debe agradecer al dueño del cerro por su generosidad. De modo que cuando hubieron aprendido y solicitaron el permiso como es debido las hojas de nalca no se achicharraron. Pero Caicai Filú tenía prisa por acabar con los seres terrestres y estuvo bramando todo el rato, de modo que cuando Trentren Filú terminó de impartir sus enseñanzas el agua había crecido tanto que ya casi inundaba las tres cuartas partes del cerro. Así que infló su pecho lo que más pudo, como nunca antes lo había hecho.
—Trentrentrentrentrentren, trentrentrentrentrentren, trentrentrentrentrentreeeeeeeeeeeen —bramó.
El cerro volvió a crecer más todavía y el sol calentó tan fuerte que las hojas de nalca se achicharraron en la mata, fue entonces que Trentren Filú les dijo que tejieran balayes con los vegetales que había en el cerro. Hicieron rogativa para obtener el permiso de Ngenwinkul y enseguida cada cual tejió su balay. Unos lo hicieron de coirón, otros de voqui y hasta hubo algunos que lo hicieron de ñocha.
Las dos serpientes continuaron peleando y el agua con el cerro siguieron creciendo entre bramido y bramido. Cuando Caicai Filú bramaba se podía ver el mar como subía cubriendo los matorrales en los faldeos del cerro mientras el ruido de las aguas hacía volar a los pájaros que iban en bandadas a refugiarse a los árboles más altos. En cambio, cuando Trentren Filú bramaba, se podía ver el agua resbalando por los faldeos y las puntas de los árboles iban apareciendo con sus ramas torcidas por el peso de sus hojas empapadas y un rumor de lluvia se escuchaba cuando el viento las sacudía y caían los chorros al suelo. Poco después del mediodía el agua llegó a cubrir todas las cumbres de la serranía, y el cerro había crecido hasta alturas nunca vistas. El sol estaba tan cerca de la cima del cerro que los seres vivientes casi ardían. Los que habían hecho mejores balayes se salvaron. Los otros se tiraron al agua para no morir achicharrados y Trentren Filú de pura compasión los convirtió en peces, toninas y lobos marinos.
Nadie fue alcanzado por las aguas en el resto de la tarde, porque Trentren Filú se tiró a las aguas para perseguir de cerca de su oponente y de tanto nadar logró alcanzarla. Mordiéndole la cola la obligó a girar y se trenzaron en un combate tan encarnizado que hacían olas gigantescas. Mientras pelaban siguieron bramando, una para hacer crecer las aguas y la otra para hacer crecer el cerro. Apenas Caicai Filú lanzaba su bramido, Trentren Filú le contestaba. De modo que apenas el agua subía, de inmediato el cerro volvía a crecer, y tanto creció que al anochecer las estrellas se veían tan cerca que muchos pensaron que hasta podían haberse podido tocar con la mano. Cuando anocheció Caicai Filú se sumergió y Trentren Filú salió del mar para subir al cerro donde estaban los seres vivientes.
Al día siguiente amaneció más temprano en el cerro. Era tan alto que los rayos del sol chocaron con su cima cuando desde la superficie del mar apenas si se lograba ver la primera claridad del alba detrás de la cordillera nevada. Los seres vivientes aun dormían acostados sobre la hierba, había tantos y de tan variadas especies que hubiera sido difícil caminar entre las camadas de durmientes. Trentren Filú ya se había desperezado y despertó a todos los seres vivientes con un silbido de alerta cuando el primer ramalazo de luz barrió los últimos vestigios de tinieblas en la cima. De modo que cuando Caicai Filú empezó a salir del mar para que su grito fuera más fuerte y así las aguas crecieran más de prisa, todos pudieron verla como iba apareciendo desde la cabeza hasta la cola. Era tan grande y monstruosa, con escamas de tanto brillo que tuvieron dudas de que fuera cierto, porque todavía cuando la estaban viendo no les cabía en la imaginación. Pero Trentren Filú también creció y brilló más todavía.
Cuando Caicai estaba ocupada bramando Trentren Filú dio un brinco desde la cima del cerro y comenzó a volar hacia las aguas, hizo un giro en espiral en el aire afinando su puntería y se dejó caer sobre su enemiga con sus fauces abiertas atrapándola del cuello con un mordisco de furia tan certero que le cortó en seco el bramido. Las escamas del cuello de Caicai Filú volaron hecho trizas por el aire cuando empezó a revolcarse en el agua tratando de zafarse y estuvo a punto de perder la vida en el intento porque mientras más se debatía más fuerte la apretaban las mandíbulas de Trentren Filú. Dejó de moverse haciéndole creer a su oponente que estaba muerta y cuándo ésta la soltó respiró hondo, lanzó un bramido de lástima y se sumergió en el mar profundo. De inmediato las aguas comenzaron a bajar. Trentren Filú nadó hasta la orilla y se puso a descansar viendo como el mar se iba recogiendo y en los árboles iban quedando huiros y cochayuyos enredados en la ramas. El cansancio de la pelea le trajo el sueño y estuvo durmiendo hasta que la despertaron los ruidos de la fiesta que los seres vivientes, dirigidos por el humano de mayor sapiencia, habían organizado para hacerle saber que todos estaban agradecidos y que habían de recordar su nombre para siempre.
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Agradecemos al escritor Don Eliseo Cañulef M. su autorización para hacer posible esta publicación.

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